martes, 13 de julio de 2010

El poder de la mirada

Subo al vagón del metro y escucho una canción. Estoy alejada de los ruidos de la ciudad, pero a través de mi vista me mantengo en contacto. Un hombre mórbido escucha música también. Lo miro porque pienso reconocerlo. Pero como acostumbro a confundir a las personas, lo miro más detenidamente. Él se da cuenta y me mira. Ahora se incomoda. "Debe pensar que lo miro porque es obeso", pienso.
La gente es mirona y a veces de manera desagradable. Mi hermana menor es diferente. Yo también, pero no se nota. Ella tiene un síndrome y la observan con detención. No sé en realidad qué es lo que buscan. Cuando era chica me molestaba. Sentía que la juzgaban y eso me causaba dolor, porque la amo por sobre todas las cosas. Quizás lo hacen. Antes se escondía a los parientes "enfermos". Ahora hemos tenido que aprender a vivir con esas diferencias.
Como he elegido una vida de matices, miro por otras razones. Lo común, lo funcional y la tradición están lejos de mi biografía.
Qué ganas de haberle dicho a ese hombre, que lo miro por más que ser obeso. Que en absoluto me molesta que lo sea. Que sí me preocupa, porque padece una enfermedad, pero lo mejor de todo es que la puede revertir. Entonces, puede llevar una vida mejor.
Mi hermana es discapacitada y debe aprender a vivir con eso, yo soy homosexual y debo aprender a vivir con eso.
El personaje del metro tiene dos opciones: su vida como mórbido y su vida como saludable. Que me parecen dos vidas en una y eso es una gran oportunidad.
Con mi hermana también tenemos dos: aprender a vivir con las diferencias o cargar con ellas. Que es más bien una vida en una, pero con decisiones opuestas para vivirla.
Entonces señor del metro, no se avergüence. Siéntase orgulloso de todo lo que su vida le brinda si es capaz de visualizarlo.
Curiosamente para eso, nos cuesta ser mirones.

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