lunes, 9 de agosto de 2010

GATÓ

Un gato negro caminó por mi techo. Se paró un instante y me miró fijo, como si me conociera. Me sentí intimidada, pero me hice la tonta. Seguí concentrada en lo que estaba. El perro le ladró hasta que se fue lejos lejos. Limpiaba mi bicicleta y de pronto me invadió la sensación de que la presencia del gato significaba algo. Traté de volver a mi tarea, pero no podía concentrarme. Me sentía como dentro del cuento de A. Poe, efectivamente estaba perturbada por un gato negro. Es que no se trata de cualquiera. Mi barrio está lleno de perros y ellos se descontrolan cuando lo ven. Es que se aparece todos los días y los inquieta. Tiene esa condición de desestabilizarlo a uno y ya imagino el efecto agregado que tiene eso sobre su enemigo por excelencia.
Por hoy simpatizo con el perro. Algo que no me sucedía desde que siendo un bebé, se acurrucó en mis zapatillas y durmió muchas horas.

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