Exactamente de la forma esperada. Así, con las mismas palabras que tenía en mi mente, que resonaban desde hacía mucho tiempo y que de a poco fueron tomando la intención y los colores necesarios, así dije que sabía lo que quería.
Guardé un papel escrito en mi bolsillo. Tenía doce de ellos: escritos por todas sus partes, sin ni un espacio en blanco posible. Los saqué todos y comencé a ordenarlos. Necesitaba pensar... En todos mis cajones había papeles escritos, algunos escondidos entre la ropa, como queriendo esconderse, como sintiéndose estorbos. Por algo habían llegado a cada rincón. Parecían boletas inútiles. Parecía yo una cachurera patológica de desechos. Me armé de valor y dejé de ignorarlos. Comencé a darle sentido a este asunto. Las palabras salían a borbotones por todos los escondrijos y mobiliario de mi pieza. Debajo de mi cama, dos cuadernos llenos de frases, de historias.
En leerlos todos, tardaría un buen tiempo. No importaba, sobrarían horas para ello. Aunque las noches de invierno dieran ganas de internarse en la calidez de la cama y cerrar los ojos al mundo. Aunque los días de calor fueran excusa para el agotamiento crónico.
Lo importante era que la decisión estaba presente, inevitable, reveladora.
Entonces a escribir, me dije simplemente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario