domingo, 14 de noviembre de 2010

Dicen que cuando una persona está en crisis es un deber escribir. Salen las palabras a borbotones, sin obediencia a orden sintáctico, redacción, ortografía e incluso a sentido. Que los momentos de dolor son el mejor punto de partida para la creación. Puede ser. El año pasado escribí hasta que me salió un callito en el dedo del corazón, ese del medio. Y una vez sangró, pero creo que fue más bien por una alergia que me desesperó la paciencia de soportar la picazón. En fin. El callito se achicó. Hoy parece que me he dedicado más a leer que a vomitar un manuscrito cargado de sentido terapéutico y con cero valor literario. Creo que le debo una disculpa al español, por mi enorme falta de respeto. Pero sé que también peco con el lenguaje cuando hablo y hablo sin parar, sólo por necesidad del sonido, muy lejos de la real necesidad de comunicar. ¿Qué tan alejados estamos de comunicar cuando hablamos? ¿Qué tan poliédrico es el lenguaje que nos aleja todo el tiempo de nosotros mismos y a la vez nos da el sentido?
Me gustaría poder contemplarlo desde lejos, sólo un poquito.... ni siquiera pretendo asirlo, abarcarlo, sólo participar de su espectáculo como verdadera espectadora de cine. Fuera de él. Es un pedazo de eternidad, lo sé. Está el arte para intentarlo, también lo sé. Y tengo la sensibilidad humana para poder apreciarlo, pero aún así sigue existiendo eso a lo que nadie llega, esa parte que el lenguaje sigue escondiendo. Ese misterio insondable. Kilométrico.
¿Será que por un milisegundo, cuando hay crisis y acontece el lenguaje, se arma el discurso sin lugar a dudas, sin filtro, es porque se ha estrechado o permeado ese espacio que siempre se guarda?

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