Esta es la mejor época del año. Sol hasta las nueve de la noche. La gente anda alegre. Menos estresada. Son las grandiosas vacaciones!!Dan ganas de estirarlas al triple. Pero en la medida que pasa el tiempo, las vacaciones se me hacen cada vez más cortas. Recuerdo que cuando niña, era una eternidad entre una navidad y otra, un cumpleaños y otro, un curso y otro. Todo se disfrutaba y se sufría más.
La mayoría de mis vacaciones las pasé en Concepción. Otras en San Rosendo. Hasta que decidí conocer lo que más pueda antes de aburgesarme por completo.
Mis abuelos se encargaron de hacer mis vacaciones de infancia inolvidables, con viajes a la laguna, a las piscinas, paseos, helados y dulces. También me llevaron al teatro, a la feria artesanal y a los parques. Fui muy regaloneada.
Después uno de mis primeros amores, en la casa de San Rosendo. De esas casas de altura infinita, que en cuaquier momento se derrumban. Que existen desde la fundación del pueblo y que terminarán de deshacerse junto con los últimos habitantes de él. Ahí tuve amigos, visité el cementerio de día y de noche, aprendí a remar en bote, a nadar en aguas peligrosas, a jugar pool y subir cerros sin cansarme.
Más recientes, recuerdo los trabajos voluntarios de verano. Que si bien no eran reales vacaciones, fueron una buena experiencia, que recuerdo con mucho cariño. Junto con el grupo de personas que estuve trabajando, pudimos ver crecer a un grupo de niños.
Y cómo no mencionar el inolvidable viaje a Machu Picchu. Además de conocer lugares maravillosos, conocí personas increíbles. Personas que desde entonces formarán parte de mi vida para siempre.
Los mejores momentos creo que los vivimos en vacaciones. Nos reencontramos con nosotros mismos y nos proyectamos con una mirada positiva al futuro. Nos enamoramos y desenamoramos. Tomamos decisiones y creamos proyectos. Quizás si sucedieran tan seguido, no las valoraríamos como tales...
Lucy
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