Es bueno hablar de la vida. Es bueno recordar lo bello y soñar con un futuro mejor. La gente es divertida y comer de a dos lo es más aún. Sobre todo las cosas agradables del invierno, que aunque insisto no se ha sentido de manera dolorosa, está. Y bueno. Qué más hay por decir? Qué más por hacer? Demasiado siento yo. La vida es larga y corta a la vez. Porque el tiempo no existe y nuestra fragilidad e insignificancia extremas. Por un momento cruzamos esas líneas peligrosas entre la vida después de la vida y hay un túnel desconocido, oscuro y solitario, o luminoso y lleno. Ahí me reencuentro con mi abuelo, que sé que sigue riéndose de mi a carcajadas, consciente de que volveré a equivocarme una y mil veces, pero esperando que aprenda la lección. Y cuando me ve muy complicada me da un empujoncito por que sé que me quiere y que es incondicional. De esos muy pocos, pero el que ya existan es lo mejor.
Este es el año de mi vida en el que he aprendido a agradecer, pero bien desde el fondo y a todo y a todos. Hay algo muy reconfortante en dar las gracias. Dar. Quizás ahí comienza algo que se entrega. Y la cosa se hace dialéctica, porque es un flujo que genera ideas nuevas. Entonces se crece y se avanza. Las amenazas son desafíos y la visualización de los sueños se toca con la punta de los dedos. Un enchulado mapa interior y una autoimagen que se fortalece y cree. Hay que perdonarse los impulsos y no perder la perspectiva. Es un tema de libertad personal el que se tiene que trabajar, a pesar de las distracciones y los vicios. Cada día se aprende algo nuevo.
Este mes será de recapitulación. Una nueva vuelta al sol y un año nuevo indígena que vaticina tranquilidad personal. Ese día más corto del año que gracias a mi cobloggera se llenó de nueva música. La primavera se encargará del resto.
Lucy
No hay comentarios:
Publicar un comentario