viernes, 22 de enero de 2010

En el preciso momento

Cuando pensaba justo que la cosa iba bien encaminada, que podía volver a confiar y perdonar veinteseis años de ausencias, más que compañías. Cuando pensé que lo mejor era pararse desde la vereda de enfrente, abrir mi entendimiento, mi corazón y comprender.
Cuando desprendiéndome de los dogmas, a punta de mucho esfuerzo, logro predisponerme a dejar ir "el dolor". Cuando he humanizado y hasta enaltecido a la persona que ha causado mucho de esto, justo en ese momento, se me cae. Frente a una situación de conflicto, se vuelve a caer. Me enseña todo su egoísmo y su incapacidad para solucionar problemas. Reacciona como un niño y no se hace cargo. Se molesta y critica, mostrando su desempeño profesional como arma de contraparte, como el único ejemplo de sí mismo que realmente posee.
Me da rabia. Lloro de rabia y de impotencia. De sentirme débil y consecuencia de muchos de sus caprichos. ¿Existe en realidad el juicio divino? No lo sé, pero también ese hecho me provoca ambivalencia. Porque hay un reconocimiento indiscutible.
A veces pienso que la incondicionalidad está sólo en mí. O sencillamente he puesto más de lo que puedo en este cuento y eso me está pasando la cuenta. Se me ha cansado la tolerancia y la prudencia y tengo la sensación de que llegará a lugares indeseados. Como el de desprender mi emoción de todo hecho que nos involucre o el de dejar de reconocerlo como persona en mi biografía.
Lucy

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