Es un poco difícil empezar esto, pero bueno... Aquí va.
Me alegra ver la unidad y temple de la gente de mi país. Me enorgullece de sobremanera cómo aparece el espíritu de lucha en los momentos de adversidad. Como hoy.
Debo decir que ha sido triste ver cómo la ciudad donde nací, se cayó escandalosamente y ahora a pedacitos, día a día. Los recuerdos más felices de mi vida están en sus calles, en los lugares donde viví y la gente con quien compartí. Hace dos años sentí que ya no era lo mismo, que había perdido su encanto, pero luego me di cuenta que era yo la que huyó al encantamiento. Entonces volvió a ser el hogar. Mi refugio. A pesar del frío que duele, del invierno que no perdona y de las lluvias que obligan a silenciarse y mirar hacia adentro. La primera lluvia tendrá otro sabor, uno nuevo para los esperanzados y uno más amargo para los nostálgicos. Ya no será lo mismo, algo de mis raíces se va con esto para siempre. Así será y habrá que reinventarlo y mirar hacia adelante, porque es buen augurio.
Por las personas que ya no estarán más, cierro mis ojos para contener su recuerdo y desearles lo mejor ¿A dónde se van? No lo sé. ¿Podrán recordarnos? Tampoco lo sé. Cuando la gente se va, es como si su alma se fundiera con el tiempo y el espacio y se hicieran más presentes aún. Sé que están en un lugar mejor y que preparan el terreno para los que aún quedamos.
Por ahora es bueno cooperar y darle sentido a las cosas a través de ello. Porque lo inefable está, aunque no podamos asirlo. Aparece en cada testimonio, acción y mirada y con ello, se explica la importante lección a la que hemos sido convocados.
Lucy.
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